lunes, 23 de febrero de 2009

A propósito de "El increíble hombre menguante"


Quiero saber qué se esconde bajo los muebles. Quiero vivir la experiencia única, el riesgo milimétrico de un gato y una araña de proporciones cretáceas. Quiero mirar un átomo de igual a igual y sentir la vibración de sus electrones.

La ciencia ficción nos sitúa en el corazón más inhóspito de lo posible. Con esta película el género enseña una lección importante. Mientras los focos apuntan al cielo siguiendo la estela de los Armstrong y compañía, todo un cosmos inexplorado sigue su curso en la tierra.

El cine hace posible esta experiencia y la presenta con una viveza absoluta. El protagonista es un Robinson en una isla extrañamente familiar. Es un Gulliber de andar por casa, pero qué proporciones adquiere su aventura.

Está presente el miedo a lo diferente, a lo desconocido, cuando paradójicamente resulta que ese mundo nos rodea.

La película nos hace sentir niños porque recuperamos el sentido de la aventura, de la imaginación y de la fantasía que nos desbordaba en nuestros juegos. El protagonista sale del sótano de pesadilla y lejos de asustarse por lo que le espera ahí fuera, permanece tumbado en la hierba maravillado por las estrellas y ansioso por investigar el universo ante sus ojos. El hombre más diminuto de la tierra está más cerca que nunca de entender sus leyes. Su espíritu encarna el “atrévete a saber” de la filosofía griega. Ese precepto animó a continuar en su aventura a los ascetas, a los científicos, a los poetas, y, ahora, hace palpitar el corazón nanométrico de un hombre convertido en el Dios de las pequeñas cosas.

2 comentarios:

samu dijo...

potar!!!!

Estoy empezando a montar lo que te hable de la obra de teatro. Cuando vienes?, te apetece? Como estas? Un besooooo

Lucio Tibio dijo...

Joder, Samu, vaya si me apetece. Pero de momento estaré aquí hasta Abril, ahora ando metido en una compañía y tendremos función en Abril. Saludos. Ya te mando un correillo privado. Chao.